Texto por Betsabeé Romero

Este año las instalaciones de Día de Muertos que hice fueron muy diferentes y lejanas. Dos en Madrid y una en la Ciudad de México que es donde vivo y dónde más cerca estoy de la tradición.

La invitación en Madrid fue muy diferente a todas las que me han hecho anteriormente, y no era para armar un altar propiamente dicho, sino para hacer una instalación de imágenes sobre los altares de muerto y su gastronomía.

Valentina Ortiz Monasterio me invitó a imprimir en CDMX una imagen que tuviera dos caras: una para verse desde arriba de una explanada y otra para verse al subir la escalinata de la misma.

La consigna era crear dos imágenes, una que a su encuentro se desplegara descendiendo paso a paso y otra que, al regresar por la misma escalinata, uno descubriera en el mismo lugar, el otro lado de la misma imagen.

Tenía que estar relacionada con la gastronomía y con el Día de Muertos, aunque esta vez no iba a tener el goce de colocar cada ingrediente de una ofrenda tridimensional, me pareció un reto interesante y novedoso en relación al tema y al espacio público.

Pensé que siendo el punto de partida del enorme desfile que se ha inventado para la ocasión, era importante recordar una serie de valores sedentarios y domésticos relacionados con la tradicional celebración en éste país.

Qué mejor que partir de la gastronomía. De la cocina, esa que se aromatiza y se llena de luz y color en cada casa donde se coloca un altar.

Investigando y recordando, llegué a la conclusión de que el concepto fundamental era un mosaico. El Día de muertos en México como todas las tradiciones en éste país no son unívocas, son plurales, se multiplican según la región, según la casa donde se cocina.

Los altares no son uno, ni se pueden reducir a la catrina y a figuras tan despegadas de las casas, de los cementerios y de la tradición como los llamados alebrijes que desfilan cada vez más fluorescentes, monumentales y llenos de referencias a personajes fantásticos y hasta chinoides y que jamás he visto en un altar de muertos.

Los altares se conforman de diferente manera y con múltiples ingredientes, materiales, objetos y formas de cocinar en cada Estado. Son muy diferentes los Xantolos de Hidalgo que los altares de Puebla y los de cada estado, por ejemplo, son muy diferentes los de Huaquechula que los de la capital.

Adentrándose en los pueblos uno encuentra en cada uno, sus propios panes, alfeñiques, platillos y hasta sus propios ordenamientos y tonalidades.

En oposición a la imagen tan mediatizada y difundida que agradece a una película la difusión de ésta celebración, quise construir un mosaico de posibilidades relacionadas con 4 de los platillos más emblemáticos de Día de Muertos: el pozole, los tamales en sus múltiples versiones, el mole, que también puede presentarse verde, rojo, amarillo o negro y por último: el dulce de calabaza,

En todos los casos el Pan de Muerto fue parte fundamental y había que presentarlo también en sus múltiples formas, acompañando a cada platillo.

Organicé 4 composiciones dedicadas a éstos 4 platillos en círculos, mesas, mandalas o caleidoscopios, que se multiplicaban y enriquecían desde un centro de flores de cempasúchil y/o terciopelo, hacia un universo que partía del mole, del pozole, de los tamales o del dulce de calabaza .

Cada uno con sus acompañamientos, condimentos, utensilios y recipientes, así como con los diferentes tipos de bebida con las que se maridan: chocolate, tequila, mezcal o cerveza.

En cada círculo también se combinaba cada platillo con diferentes tipos de pan de muerto, alfeñiques, incensarios y calaveras de azúcar que se pueden encontrar.

Tomamos infinidad de fotos de cada objeto, cocinamos los platillos, buscamos las bebidas, las vajillas y con las imágenes de cada elemento fui poniendo la mesa a partir de círculos de papel picado de diferentes colores donde iría colocando cada elemento en forma piramidal, centrífuga, simétrica y seriada.

Los altares tradicionales giran alrededor de la cocina, tienen que tener agua, calor y aromas.

La gastronomía es su motor y ésta en nuestro país es un universo interminable, cíclico, es una paleta que ofrece todos las texturas , colores y perfumes posibles para la creatividad dedicada a la memoria.

En mi caso, aprendí a entender el arte efímero y la instalación viendo preparar con días de anticipación los platillos y elementos de los altares para mis abuelos. Cada abuela lo hacía muy diferente, una era de Oaxaca y otra del Bajío, el resultado era igual de generoso y atractivo, pero todo se cocinaba diferente.

Esta es la razón por la que hablando de gastronomía y Día de Muertos, es importante para mí, hacer énfasis en la riqueza de esta tradición, quien venga a conocerla, que no se quede con el disfraz, con el maquillaje de la calle, hay que meterse hasta la cocina de la tradición y esa es mi invitación.

Además del mosaico, que se conformaba con los 4 platillos a modo de losetas poblanas en el piso y muro de la explanada de la Estela de Luz, en los peldaños de la escalera instalé la imagen de un zompantli de calaveras de azúcar, pintadas con acrílico y pincel con flores de cempasúchil y terciopelos, las alterné y en el lugar donde las calaveritas llevan el nombre de nuestros deudos, hay un vacío. En ésta ocasión las calaveras están ahí para dedicar todo este trabajo al deudo desconocido, como los monumentos al soldado desconocido qué hay en muchos países. Yo quise dedicar éste altar contemporáneo a todos los desaparecidos en este país.

La instalación estuvo puesta del 27 de octubre al 3 de noviembre en el exterior de la Estela de Luz.

Los textos que la acompañaban son:

PARA CELEBRAR SU MEMORIA PASO A PASO

Nuestra ofrenda es un mosaico,

una mesa de cocina abierta

sobre manteles de encaje

con flores e ingredientes

buscados paso a paso.

Nuestra ofrenda está en la casa,

hecha de memorias circulares

de geometrías de sabor, color y aroma.

 

Para caminar con la mirada,

para degustar a cada paso remontando los recuerdos,

para celebrar con el eco antiguo del metate,

ofrendas cocinadas a la luz de nuestros duelos

sazonando ingredientes que nos sanen

que nos curen tanta ausencia

tanto adiós no consumado.

 

Nuestra ofrenda es el recuerdo inagotable

de todos esos deudos sin nombre

Que no hemos terminado de escribir

De los que, si tenemos parte de sus gustos,

sabemos que era mole,

Que eran tamales y pozole

ahí estaba el chocolate y ese dulce de la abuela,

sus sabores nos llegan con canciones a la mente

nos los traen los humos y perfumes del incienso

y de las ceras escamadas

recordarlos al calor de la cocina, nos trae su huella inconfundible.

 

Zompantli de calaveras de azúcar

Les trajimos

un zompantli

En lugar de piedra o huesos

Es de azúcar y colores

Calaveras sin nombre

Desaparecidos

No cupieron todos porque no terminan de contarse

Pero cada calavera germinó con lágrimas,

Floreció de cempasúchil y rosales

fue acariciada con pinceles,

se mezcló color, agua y azúcar,

con el dolor de no poder terminar de dedicarlas

Ni con su nombre, ni con su paradero,

Pero cada una sube los peldaños dignamente

hermanadas en su búsqueda

Y en su recuerdo interminable y necesario

Que podemos recorrer

Paso a paso mirándolas frente a frente.